Cuando el problema no es que seas caro, sino que todavía no entendieron tu valor

La diferencia entre parecer costoso y generar impacto

Hay frases que no solamente golpean la carrera profesional. También golpean la identidad. Y una de ellas suele aparecer después de los 40, justo cuando más experiencia acumulaste, más errores aprendiste a evitar y más criterio desarrollaste con los años.

“Eres demasiado caro para contratarte.”

Lo curioso es que esa frase rara vez se vive como una observación financiera. Se vive como una invalidación silenciosa. Como si todo lo recorrido hubiese perdido peso frente a una planilla. Como si décadas de experiencia pudieran resumirse únicamente en un número.

Pero muchas veces el problema no es el precio.

El problema es desde qué lógica se está evaluando el valor.

Porque existe una diferencia enorme entre alguien que parece costoso… y alguien cuyo impacto todavía no fue comprendido correctamente.

Y esa diferencia cambia conversaciones enteras.

Hay organizaciones que toman decisiones pensando exclusivamente en el costo inmediato. Buscan ahorrar. Reducir presupuesto. Encontrar perfiles “más accesibles”. En el corto plazo, incluso sienten que ganaron. Porque pagan menos. Porque optimizan recursos. Porque creen haber sido eficientes.

Pero existe otra manera de decidir.

Una mucho más madura.

La de quienes no analizan cuánto cuesta contratar a alguien, sino cuánto cuesta convivir con el problema que esa persona podría resolver.

Ahí cambia todo.

Porque una cosa es pagar menos. Otra muy distinta es que salga barato.

Y este es uno de los grandes conflictos silenciosos que atraviesan muchos profesionales senior hoy. Intentan justificar su valor desde un lugar equivocado. Hablan de años de experiencia. De cargos. De responsabilidades. De proyectos realizados. De currículums extensos.

Pero el mercado más sofisticado no paga experiencia solamente.

Paga reducción de riesgo.

Paga claridad.

Paga criterio.

Paga velocidad para evitar errores costosos.

Paga capacidad de sostener presión sin desbordarse.

Paga lectura humana.

Paga tranquilidad estratégica.

Y eso suele desarrollarse con el tiempo. No en cursos rápidos. No en discursos motivacionales. No en fórmulas de productividad vacías.

Después de los 40, muchas veces el verdadero diferencial ya no está en lo técnico. Está en la capacidad de interpretar escenarios antes de que exploten. En detectar tensiones invisibles dentro de un equipo. En leer conversaciones que otros todavía no saben leer. En tomar decisiones incómodas sin destruir vínculos en el proceso.

Eso rara vez aparece en una descripción laboral. Pero cambia resultados completos.

Sin embargo, algo muy peligroso empieza a ocurrir cuando el mercado se vuelve excesivamente cortoplacista.

Profesionales enormemente valiosos comienzan a abaratarse discursivamente para seguir siendo “contratables”.

Empiezan a explicarse como ejecutores cuando en realidad son resolvedores.

Compiten desde el precio cuando deberían competir desde el impacto.

Intentan encajar en conversaciones donde el problema ya fue mal definido desde el inicio.

Y entonces aparece esa frustración silenciosa que tantos conocen, pero pocos dicen en voz alta.

“¿Cómo puede ser que hayan elegido a alguien con menos experiencia?”

“¿Cómo puede ser que no vean todo lo que puedo aportar?”

“¿Cómo puede ser que valoren más lo barato?”

La respuesta suele incomodar porque obliga a mirar algo más profundo.

Muchas veces no eligieron al mejor.

Eligieron al más fácil de entender económicamente.

Y ahí aparece una diferencia enorme entre juventud profesional y madurez profesional.

Cuando uno es joven, vende capacidad.

Cuando madura, debería aprender a comunicar consecuencias.

Consecuencias de resolver.

Y consecuencias de no resolver.

Porque el verdadero costo rara vez está en contratar caro.

El verdadero costo suele aparecer cuando una organización sostiene demasiado tiempo decisiones mediocres.

Equipos agotados.

Procesos lentos.

Liderazgos inseguros.

Rotación constante.

Conflictos internos nunca resueltos.

Meses enteros perdidos porque nadie se anima a tomar decisiones difíciles.

Pero en la planilla… aparentemente “ahorraron”.

Y esto no ocurre solamente en empresas.

También ocurre en la vida personal.

Muchas personas pasan años intentando sostener situaciones que ya agotaron emocionalmente solamente porque cambiar parece “muy caro”. Cambiar de rumbo. Reinventarse. Pedir ayuda. Reposicionarse. Volver a escucharse.

Hasta que el desgaste termina costando muchísimo más que la transformación.

Por eso, quizás, una de las preguntas más importantes después de los 40 no sea cuánto vales.

La pregunta real es si estás comunicando tu valor desde el lugar correcto.

Porque cuando alguien entiende verdaderamente el impacto que puedes generar, la conversación deja de girar alrededor del precio.

Empieza a girar alrededor de lo que ocurre cuando estás… y de lo que ocurre cuando no estás.

Y esa diferencia cambia completamente la percepción.

En Somos Perennials trabajamos mucho sobre eso. No solamente sobre reinvención profesional, sino sobre claridad. Sobre talentos naturales. Sobre propósito. Sobre cómo volver a construir una narrativa profesional y personal alineada con quién eres hoy, y no con una versión antigua de ti mismo que ya quedó atrás.

Porque todavía hay algo profundamente valioso que muchas personas no lograron perder, incluso después del desgaste, las dudas o el cansancio: la posibilidad de evolucionar.

Y a veces, lo único que falta, no es experiencia.

Es volver a reconocer correctamente el propio valor.

Si esta reflexión resonó contigo de una manera difícil de explicar públicamente, quizás podamos conversarlo en privado. Muchas veces, la transformación empieza exactamente ahí: en una conversación honesta que deja de mirar solamente el costo… y empieza a mirar el impacto real de seguir igual.

La experiencia ya no alcanza: el verdadero desafío profesional después de los 40

Durante años, la experiencia parecía suficiente. Hoy el mercado mira otra cosa.

Muchos profesionales +40 creen que el mercado dejó de valorarlos.

Y aunque el edadismo existe, muchas veces el problema empieza antes.

Empieza cuando alguien sigue mostrando experiencia… como si la experiencia, por sí sola, todavía alcanzara.

Durante años funcionó así.

Los títulos hablaban.
La trayectoria impresionaba.
La jerarquía generaba autoridad.
Los años acumulados transmitían seguridad.

Había una lógica casi automática: cuanto más recorrido tenías, más valor percibía el mercado.

Pero el mercado cambió.

Y cambió más rápido de lo que muchos profesionales estaban mirando mientras sostenían carreras, equipos, responsabilidades y vidas enteras.

Hoy las empresas ya no pagan solamente por todo lo que hiciste.

Pagan por lo que eres capaz de resolver ahora.

Y esa diferencia, aunque parece pequeña, cambia completamente la manera en que una persona es percibida profesionalmente después de los 40.

Porque muchos profesionales extremadamente valiosos empiezan a volverse invisibles sin darse cuenta.

No porque hayan perdido capacidad.
No porque sepan menos.
No porque ya no tengan nada para aportar.

Sino porque siguen comunicándose desde el pasado.

Hablan de lo que hicieron.
De lo que lograron.
De quiénes fueron.
De la experiencia acumulada durante años.

Mientras el mercado intenta responder otra pregunta mucho más urgente:

“¿Qué puede resolver esta persona hoy?”

Y cuando esa respuesta no aparece con claridad, empieza un desgaste silencioso.

No siempre visible.
No siempre inmediato.
Pero profundamente emocional.

Llega en entrevistas donde ya no llaman.
En conversaciones que no avanzan.
En oportunidades que parecen ir siempre hacia perfiles más jóvenes.
En esa sensación incómoda de sentir que todavía tienes muchísimo valor… pero ya no sabes cómo hacer que otros lo vean.

El problema no suele ser la experiencia. Suele ser cómo se interpreta.

Y esto duele decirlo.

Sobre todo para personas que construyeron carreras reales, con esfuerzo real y resultados reales.

Pero la experiencia que no evoluciona empieza a parecer nostalgia profesional.

No porque deje de tener valor.

Sino porque deja de mostrar relevancia presente.

Hay profesionales que siguen describiéndose exactamente igual que hace diez años, aunque el mundo cambió por completo alrededor de ellos.

Y el mercado percibe eso.

Percibe cuando alguien quedó detenido en una versión anterior de sí mismo.
Percibe cuando la experiencia se presenta como acumulación pasiva en lugar de convertirse en criterio estratégico.
Percibe cuando alguien habla únicamente desde la historia… sin mostrar adaptación, evolución ni lectura del presente.

El problema es que muchas personas confunden trayectoria con posicionamiento.

Y no son lo mismo.

La trayectoria es lo que hiciste.

El posicionamiento es la manera en que el mercado entiende el valor actual de todo eso que viviste.

Ahí es donde muchos profesionales +40 empiezan a perder visibilidad sin comprender exactamente por qué.

Porque siguen intentando sostener autoridad con herramientas que pertenecían a otro mercado.

Un mercado donde permanecer alcanzaba.
Donde la antigüedad generaba peso automáticamente.
Donde la experiencia hablaba sola.

Hoy ya no.

Hoy la experiencia necesita traducción estratégica.

Necesita demostrar pensamiento actual.
Capacidad de adaptación.
Comprensión humana.
Claridad.
Criterio.
Impacto presente.

Porque el mercado no rechaza la experiencia.

Lo que rechaza es la sensación de desconexión.

La buena noticia es que la experiencia sigue teniendo muchísimo valor

Y quizá esta sea la parte más importante de toda la conversación.

La experiencia sigue teniendo un valor enorme.

De hecho, hay algo que muchos profesionales +40 poseen y que sigue siendo profundamente escaso:

profundidad.

Profundidad para leer personas.
Profundidad para sostener decisiones difíciles.
Profundidad para interpretar complejidad.
Profundidad para liderar bajo presión.
Profundidad para conectar estrategia con humanidad.

Eso no desaparece con la edad.

El problema es que muchas veces queda escondido detrás de una narrativa vieja.

Por eso, después de los 40, reinventarse rara vez significa empezar de cero.

Muchas veces significa algo mucho más inteligente y mucho más humano:

aprender a reposicionar el valor que ya construiste.

No desde la nostalgia.
No desde la defensa.
No desde “todo lo que hice”.

Sino desde la relevancia.

Desde mostrar cómo toda esa experiencia hoy puede transformarse en claridad, criterio, liderazgo y capacidad de resolver problemas reales.

En Somos Perennials trabajamos profundamente sobre esto.

No desde fórmulas vacías ni discursos motivacionales.

Sino desde procesos reales de transformación donde la persona vuelve a conectar con:
sus talentos naturales,
su propósito,
su valor diferencial,
su identidad profesional,
y una nueva manera de posicionarse frente al mercado y frente a sí misma.

Porque muchas veces el verdadero desgaste no aparece cuando alguien pierde capacidad.

Aparece cuando deja de sentirse visto.

Y recuperar esa visibilidad no siempre implica cambiar completamente de vida.

A veces implica aprender a comunicar de otra manera el valor que ya existe.

Después de los 40, el problema rara vez es todo lo que sabes

El problema suele ser cómo el mercado interpreta lo que sabes.

Y cuando logras cambiar esa interpretación, muchas cosas empiezan a moverse nuevamente.

Vuelve la claridad.
Vuelve la dirección.
Vuelve la sensación de posibilidad.

Porque todavía estás a tiempo.

Pero no para seguir mostrándote igual que antes.

Sino para evolucionar la manera en que el mundo entiende todo lo que hoy puedes aportar.

Si este tema te está atravesando en silencio, puedes escribirme “RELEVANCIA” por privado.

A veces no necesitas reinventarte por completo.

Necesitas dejar de comunicar tu experiencia como historia… y empezar a mostrarla como ventaja estratégica.

Cuando tu experiencia deja de alcanzar: el problema no es tu trayectoria, es cómo el mercado te percibe

Muchos profesionales +40 sienten una frustración difícil de explicar: saben todo lo que pueden aportar, pero perciben que el mercado dejó de ver su valor.
Y en la mayoría de los casos, el problema no es la experiencia acumulada. Es la manera en que esa experiencia está siendo interpretada.


Hay una escena que se repite mucho más de lo que parece.

Profesionales con décadas de experiencia, resultados sólidos y capacidad real de liderazgo que, sin embargo, empiezan a sentir algo profundamente incómodo cada vez que actualizan LinkedIn, tienen una entrevista o intentan abrir nuevas oportunidades:

“Ya no sé cómo mostrar mi valor.”

Y esa sensación desgasta más de lo que muchos admiten.

Porque después de los 40, el problema rara vez es la falta de experiencia.
El verdadero problema suele ser otro:

la experiencia dejó de estar bien traducida.

Y no es lo mismo.

Hoy el mercado no interpreta trayectorias largas automáticamente como valor.
Interpreta señales.

Señales de adaptabilidad.
De criterio.
De claridad.
De vigencia.
De capacidad para resolver problemas actuales.

He visto perfiles extraordinarios parecer desactualizados simplemente por cómo se comunican.
Y también he visto perfiles mucho menos sólidos generar reuniones, propuestas y oportunidades porque entendieron algo fundamental:

El mercado no compra historia.
Compra relevancia presente.

Ahí empieza una de las crisis silenciosas más frecuentes en profesionales senior.

Trabajaron décadas construyendo experiencia…
pero sienten que tienen que justificarse constantemente.

No porque hayan perdido valor.

Sino porque siguen comunicándose desde el pasado.

Hablan de años acumulados.
De cargos.
De responsabilidades históricas.
De todo lo que hicieron.

Pero muy poco de:

  • cómo piensan hoy,
  • qué problemas resuelven,
  • qué criterio desarrollaron,
  • qué impacto generan,
  • y por qué siguen siendo relevantes en un entorno que cambió profundamente.

Y el mercado interpreta eso rápido.

ANTES:
“30 años de experiencia liderando equipos.”

Lo que muchas organizaciones escuchan silenciosamente:
“Perfil tradicional. Mucha historia. Posible rigidez.”

DESPUÉS:
“Transformo experiencia operativa en decisiones estratégicas que reducen desgaste y aceleran resultados.”

La percepción cambia por completo.

ANTES:
“Especialista con amplia trayectoria.”

DESPUÉS:
“Ayudo a organizaciones a ordenar el caos que aparece cuando el crecimiento empieza a perder coherencia.”

Uno describe antecedentes.

El otro transmite valor actual.

Y esta diferencia no es cosmética.
Es estratégica.

Porque después de los 40, las empresas dejan de contratar solamente conocimiento técnico.

Empiezan a buscar:

  • criterio,
  • claridad,
  • lectura humana,
  • madurez para decidir bajo presión,
  • capacidad de adaptación,
  • visión,
  • y experiencia convertida en inteligencia práctica.

Pero si tu comunicación sigue atrapada en el “currículum histórico”, tu valor real queda invisible.

Por eso muchos profesionales viven una contradicción difícil de explicar:

cuanto más experiencia tienen, más invisibles se sienten.

Y el impacto no es solamente profesional.

Empieza a afectar identidad.
Confianza.
Seguridad.
Energía.
Dirección.

Porque hay algo agotador en sentir que todo lo construido dejó de tener peso.

Y muchas veces no es verdad.

El problema no es que el mercado haya dejado de necesitar experiencia.

El problema es que cambió la manera de interpretarla.

En el Método Perennial trabajamos profundamente sobre esto.

No desde fórmulas artificiales de marca personal.
Ni desde discursos aspiracionales vacíos.

Trabajamos sobre:

  • talentos naturales,
  • identidad profesional,
  • narrativa,
  • posicionamiento,
  • criterio estratégico,
  • y coherencia entre experiencia, presente y dirección futura.

Porque cuando una persona vuelve a comprender el verdadero valor de su trayectoria, deja de comunicarse desde la defensa.

Y empieza a posicionarse desde la claridad.

La diferencia se nota.

En LinkedIn.
En entrevistas.
En conversaciones.
En oportunidades.
En cómo el mercado responde.

Pero sobre todo, en cómo vuelve a percibirse a sí misma.

Y quizás esa sea la parte más importante.

Porque muchos profesionales no están cansados de trabajar.

Están cansados de sentirse invisibles.

Preguntas incómodas, pero necesarias

  • ¿Tu perfil transmite vigencia… o nostalgia?
  • ¿Hablas desde tu valor actual… o desde tu historial?
  • ¿El mercado entiende rápidamente por qué sigues siendo relevante?
  • ¿Tu comunicación refleja adaptación… o apego al pasado?
  • ¿Hace cuánto no revisas cómo estás siendo percibido?

A veces no hace falta reinventarse por completo.

Hace falta aprender a comunicar con claridad quién eres hoy.

Si esta nota te resonó, puedes escribirme por privado.

Muchas de las conversaciones más importantes empiezan así:
sin exposición,
sin discursos grandilocuentes,
y con alguien intentando entender por qué, teniendo tanto para aportar, siente que el mercado dejó de verlo.

Y cuanto más tiempo pasa, más invisible puede volverse ese desgaste.

De descartado a referente: cómo un profesional de 40 años volvió a posicionarse estratégicamente

Hay una frase que los profesionales con más de veinte años de trayectoria rara vez se permiten decir en voz alta. Sebastián, director comercial con dos décadas de experiencia en mercados complejos, la dijo en nuestra primera sesión con una honestidad que todavía recuerdo: «Empiezo a pensar que el problema soy yo.»

No era falta de capacidad. Era algo más sutil y más dañino: hacía todo bien, ejecutaba procesos sólidos, aplicaba lo que siempre había funcionado… y después no pasaba nada. Silencio. Respuestas correctas pero vacías. Y en ese silencio repetido, comenzó a erosionarse lo más importante: su confianza en su propio valor.

Había liderado equipos de alto rendimiento, abierto mercados en tres países y sostenido resultados cuando el contexto se ponía difícil. Sin embargo, frente al mercado actual, toda esa experiencia parecía no tener el peso de antes. Ese es el punto que muchos profesionales de 40 años o más no quieren ver: la experiencia no perdió valor, perdió traducción.

Durante años, su historia habló por él. Hoy, eso ya no alcanza.

La trampa del silencio estratégico

Lo que le estaba pasando a Sebastián no es una excepción. Es un patrón. Cuando la trayectoria deja de comunicarse con claridad, el mercado no la rechaza: simplemente la ignora. Y cuando un profesional siente que está siendo ignorado, lo más frecuente es que baje expectativas, ajuste pretensiones y empiece, sin darse cuenta, a desaparecer.

El error no está en la experiencia. Está en cómo se está comunicando esa experiencia.

El camino de descartado a referente

Lo que hicimos juntos no fue reinventarlo. Fue algo más exigente y más preciso. Aplicamos el Método Perennial, trabajando en cuatro dimensiones que transforman la forma en que un profesional se posiciona estratégicamente.

Primero, identificar con precisión su diferencial real: no lo que había hecho, sino cómo generaba valor de forma única e irrepetible. Hay una diferencia enorme entre listar logros y articular el mecanismo detrás de esos logros.

Segundo, alinear su narrativa interna. Cuando existe duda en el interior, hay incoherencia en el exterior. Y el mercado, aunque no lo explicite, lo percibe. La claridad interna es la base de cualquier posicionamiento que funcione.

Tercero, definir con estrategia dónde tenía sentido aparecer. No más dispersión. No más energía gastada en todas direcciones. Foco quirúrgico en los espacios donde su perfil generaba impacto real.

Cuarto, medir y ajustar cada movimiento con intención, sin improvisar y sin esperar que las oportunidades lleguen solas.

El momento en que todo cambió

El punto de quiebre no fue cuando apareció una oportunidad. Fue antes. Fue el momento exacto en que Sebastián dejó de mostrarse como alguien que necesitaba una oportunidad y empezó a posicionarse como alguien que resolvía problemas concretos. Ese es el salto que distingue a un profesional de 40 años que avanza de uno que se estanca.

En menos de noventa días, volvió a estar en el radar de quienes toman decisiones. Fue elegido para liderar un proceso de transformación comercial donde, justamente, lo que antes parecía un «exceso de experiencia» resultó ser el activo más valioso de la mesa.

No fue suerte. Fue enfoque.

Una pregunta incómoda para cerrar

¿Estás esperando que el mercado reconozca tu valor por sí solo, o estás haciendo el trabajo necesario para volverlo imposible de ignorar?

El camino de descartado a referente no empieza cuando se alinean todas las condiciones. Empieza cuando tomás una decisión diferente respecto de cómo te posicionás.

Si esta historia te resulta familiar, el siguiente paso está disponible para vos: una sesión exploratoria gratuita de cuarenta y cinco minutos donde analizamos tu situación y vemos juntos qué está frenando tu posicionamiento.

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Sin compromiso. Solo una conversación honesta sobre dónde estás y adónde podés llegar.

Buscan profesor de 13 años… y el problema no es el mercado (es lo que haces cuando te toca a ti)

Leí hace unos días una propuesta laboral que, en cualquier otro contexto, generaría un escándalo inmediato. 

Una institución de enseñanza primaria —de esas que hablan de formación, criterio y futuro— buscaba docente para cuarto grado. Los requisitos eran los esperables: manejo de grupo, resolución de conflictos, negociación, pensamiento crítico, dominio de metodologías actuales y tecnología. 

Hasta ahí, todo lógico. 

El detalle aparecía al final: 

Experiencia mínima: 5 años. 
Edad máxima: 13 años. 

Un niño enseñando a niños. 

Absurdo. Ridículo. Inaceptable. 

Ahora bien, antes de descartarlo como una exageración sin sentido, vale la pena detenerse un momento. Porque si cambias “13 años” por “30”, y “docente de primaria” por “posición clave”, la lógica deja de parecer tan lejana. 

No es tan explícita, claro. El mercado es más elegante. Pero el mensaje está. 

Para entenderlo mejor, piensa en alguien como Martín. 

47 años. Trayectoria sólida. Años liderando equipos, tomando decisiones, resolviendo problemas reales. Hoy está en búsqueda, después de cerrar una etapa que, en su momento, definía gran parte de su identidad profesional. 

Martín no se encontró con un aviso que diga “edad máxima: 30”. 
Se encontró con algo más sofisticado. 

Procesos donde no avanza. 
Conversaciones que no prosperan. 
Feedbacks correctos… pero vacíos. 

Y entonces empieza a hacer ajustes. 

No porque alguien se lo pida directamente, sino porque entiende el código. 

Reduce su experiencia para “no parecer sobrecalificado”. 
Simplifica su recorrido para “ser más claro”. 
Baja el tono para “encajar mejor”. 

Lo que en realidad está haciendo es otra cosa: 

empieza a jugar más chico de lo que es. 

Y aquí aparece una de las tensiones más incómodas de este momento profesional. 

Mientras afuera se habla de edadismo —y en muchos casos con razón—, adentro ocurre algo más silencioso: profesionales con trayectoria que, en su intento por seguir siendo competitivos, terminan diluyendo exactamente aquello que los hacía valiosos. 

No es nostalgia por el pasado. El mercado cambió, y negar eso sería ingenuo. 

Tampoco es una cuestión de “los jóvenes vs. los senior”. Esa es una discusión superficial. 

El punto más profundo es otro: 

durante años, acumular experiencia era suficiente. Hoy ya no lo es. 

Hoy la experiencia que no está claramente posicionada, traducida y leída como valor diferencial… simplemente se vuelve ruido. 

Y frente al ruido, el mercado hace lo que siempre hace: sigue de largo. 

Desde ese lugar, el problema deja de ser únicamente el sesgo externo y empieza a incluir algo más exigente: la capacidad de cada profesional para sostener y comunicar su valor sin reducirlo para encajar. 

Ahí es donde trabajamos desde el Método Perennial. 

No para competir con alguien de 30, ni para negar las reglas del juego actual, sino para operar con ellas desde un lugar distinto: donde la experiencia no necesita ser recortada para ser aceptada, sino reorganizada para ser comprendida. 

Porque cuando eso ocurre, cambia la dinámica. No desaparecen los sesgos, pero dejan de ser el factor dominante. 

Vuelvo al inicio. 

Un profesor de 13 años sería absurdo. Nadie confiaría en ese criterio. 

La pregunta, entonces, no es si el mercado tiene contradicciones. Eso es evidente. 

La pregunta es otra, bastante más incómoda: 

cuando te ajustas para encajar, cuando reduces tu historia para no incomodar, cuando empiezas a jugar por debajo de lo que realmente eres… 

¿cuánto te estás alejando de tu propio valor? 

Si esta reflexión te genera ruido, es buena señal. 

Puedes debatirlo en comentarios, si quieres llevar la conversación a lo público. 

O puedes hacer algo más útil: escribirlo en privado y mirar tu caso con honestidad. 

Porque llega un punto en el que el problema ya no es lo que el mercado hace. 

Es lo que tú decides sostener frente a eso.