Marcos se despierta todas las noches a las tres de la mañana. El problema no es el insomnio.
Al principio pensó que era el café de la tarde. Después, que era el estrés de cerrar el trimestre. Ahora, después de casi un año, ya no busca explicaciones tan fáciles.
Se despierta, mira el techo unos segundos, y antes de darse cuenta ya está revisando la reunión del jueves, el mensaje que le mandó un colega y todavía no respondió, el número de ventas que falta cerrar. La casa está en silencio. Su mujer duerme del otro lado de la cama, con esa respiración pesada de quien no carga con nada pendiente. Él, en cambio, siente que carga con todo.
Hay una pregunta que durante el día logra mantener a distancia, entre reuniones y decisiones y llamadas que hay que devolver. Pero a esa hora, sin nada que la tape, aparece sola:
¿Hasta cuándo voy a vivir así?
Marcos tiene 47 años. Dirige un equipo de catorce personas. Factura más que nunca en su carrera. Y sin embargo, hace meses que nota algo que le cuesta nombrar: las cosas que antes lo hacían disfrutar ya no alcanzan. El golf de los sábados, que fue durante años su forma de desconectar, ahora es otra cita en la agenda. La cena familiar de los domingos, otro compromiso que cumplir con la cabeza en otro lado. Su hijo le preguntó hace poco, casi de pasada, «¿estás bien, papá?». Y Marcos respondió que sí, obviamente que sí, y siguió mirando el teléfono.
Sigue cumpliendo. Sigue resolviendo. Sigue siendo la persona en la que todos confían para que las cosas salgan bien. Pero algo, en algún momento de los últimos dos años, empezó a drenarse. Ese drenaje no aparece en ningún informe. No hay una métrica para la energía que ya no tiene, para las ganas que ya no encuentra, para la sensación de estar administrando una vida en lugar de vivirla.
Aquí conviene detenerse en una verdad incómoda: no siempre el problema es organizar mejor la agenda. A veces el problema es que la vida que se está sosteniendo ya no justifica el esfuerzo que exige sostenerla.
Porque seguir igual también es una decisión. Y esa decisión tiene un costo, aunque no aparezca en la cuenta bancaria. Aparece en la energía. En los vínculos. En la capacidad de disfrutar algo sin estar, al mismo tiempo, pensando en otra cosa.
Hace unos meses, un excolega suyo —alguien a quien recuerda tan agotado como está él ahora— tomó una decisión distinta. No fue nada dramático. No renunció en un arrebato ni publicó un posteo anunciando un nuevo comienzo. Simplemente empezó a hacerse, en voz alta y con ayuda, las preguntas que Marcos todavía posterga para las tres de la mañana.
El Método Perennial no empieza preguntando qué carrera nueva convendría elegir. Empieza antes: recuperando la claridad sobre los talentos naturales de una persona y sobre lo que, en medio de tanta obligación, todavía conserva sentido genuino. Desde ahí, el coaching de vida y ejecutivo permite mirar lo profesional y lo personal como parte de una misma existencia, no como dos frentes que compiten por el mismo tiempo agotado. Y recién entonces la mentoría estratégica convierte esa claridad en decisiones concretas, medibles, sostenibles.
No se trata de que Marcos renuncie mañana. Tampoco de que empiece de cero, como si los últimos veinte años no valieran nada. Se trata de que empiece a distinguir qué de todo eso todavía merece continuar con él, y qué ya cumplió su función y puede, por fin, soltarse.
La pregunta no es solo qué se gana con un cambio. También es cuánto se sigue perdiendo, mes tras mes, sosteniendo una versión de uno mismo que ya no representa a nadie.
Esta noche, probablemente, Marcos vuelva a despertarse a las tres. Y tal vez, en lugar de ir directo al teléfono, se quede un minuto más con la pregunta, en lugar de apagarla.
Si esto que estás leyendo se parece demasiado a tus propias tres de la mañana, no hace falta que lo publiques ni que se lo cuentes a nadie todavía. Podés escribirme por privado. No hay fórmulas ni exposición, solo una conversación con calma sobre eso que hace tiempo intenta hacerse escuchar. Y si conocés a alguien que lleva un tiempo despertándose así, quizás este sea el momento de compartírselo.
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