No se le pueden pedir peras al olmo

Hay días en los que no pasa nada extraordinario. No hay crisis, ni discusiones, ni malas noticias. Y, sin embargo, algo se siente fuera de lugar. Así empezó para mí. 

Estaba en una reunión cualquiera, escuchando ideas, tomando notas, haciendo lo que siempre hice bien. Desde afuera, todo funcionaba. Pero por dentro apareció una frase, sin aviso, como si alguien hubiera abierto una ventana antigua en mi cabeza: 
“Los más jóvenes tienen más energía, más creatividad, más hambre.” 

No lo dije en voz alta. No hacía falta. Esa comparación empezó a instalarse sola. Y con ella, una pregunta que nunca antes me había hecho con tanta claridad: 
¿todavía hay un lugar para mí así como soy hoy? 

No era cansancio físico. Dormía. Me cuidaba más o menos. Era otra cosa. Una especie de fatiga interna. Como si cada decisión requiriera más esfuerzo que antes. Como si el empuje constante ya no me resultara natural, ni deseable. 

Ahí recordé una frase de mi abuela que siempre me pareció resignada y que ahora empezaba a sonar distinta: 
no se le pueden pedir peras al olmo. 

Durante años pensé que esa frase hablaba de límites. Hoy entiendo que habla de respeto. Respeto por lo que algo es… y por lo que uno es en cada etapa. 

No es que yo haya perdido energía. 
Es que ya no quiero vivir empujándome. 

No es que se me hayan acabado las ideas. 
Es que ahora pienso desde la experiencia, no desde la urgencia. 

El problema empezó cuando intenté exigirme como antes. Cuando quise competir con reglas que ya no me representaban. Cuando me obligué a sostener un ritmo que no dialogaba con mi cuerpo ni con mi criterio. Ahí apareció el verdadero desgaste. No por la edad. No por el mercado. Por la desconexión. 

Nadie me dijo que estaba “fuera”. El edadismo moderno no funciona así. Es más sutil. Te pide que te adaptes más rápido. Que te reinventes todo el tiempo. Que demuestres que sigues vigente. Y sin darme cuenta, empecé a demostrarlo… empujándome como si tuviera veinte años menos. 

Pero algo no cerraba. 

Mi valor ya no estaba en correr más rápido. Estaba en integrar. En ver patrones. En anticipar consecuencias. En sostener conversaciones difíciles sin dramatismo. En decidir con calma cuando otros reaccionan con prisa. 

Y, sin embargo, seguía midiéndome con una vara que no era la mía. 

Ahí entendí que no estaba en declive. Estaba en transición. 
Una transición que nadie me había explicado. 

Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío. Que tenía que recuperar algo. Volver a ser. Ajustarme. Hasta que empecé a ver que no se trataba de recuperar, sino de ordenar. De dejar de pedirme peras cuando ya no soy eso. Hoy soy raíz, tronco, estructura. Y eso también sostiene. 

Descubrí que hay una forma distinta de mirar esta etapa. Una forma que no niega el pasado ni idealiza la juventud. Una forma que integra talentos, experiencia, propósito y estrategia. No para hacer más, sino para hacer mejor. Con sentido. Con criterio. Con menos ruido interno. 

No fue una revelación épica. Fue más bien un alivio silencioso. Como cuando dejas de pelearte con algo que ya no tiene sentido discutir. 

Entendí que forzarme a encajar en expectativas ajenas solo profundizaba el cansancio que llevaba por dentro. Y que esta etapa pedía otro marco, otro ritmo, otra conversación conmigo. 

Tal vez no estoy en declive. 
Tal vez estoy en una etapa que recién ahora empiezo a comprender. 

Y si mientras lees esto sientes que alguien está poniendo palabras a algo que no sabías cómo nombrar, no es casualidad. A muchas personas les pasa. Solo que casi nadie lo dice. 

No se trata de volver a ser quien eras. 
Se trata de habitar con dignidad y sentido quien eres hoy. 

Porque no se le pueden pedir peras al olmo. 
Pero sí se puede aprender a cuidar, valorar y aprovechar lo que hoy sí da fruto. 

Las apariencias engañan

Hay momentos en la vida en los que, desde afuera, todo parece estar bien. Carrera sólida, reconocimiento, estabilidad económica, una familia construida. Sin embargo, por dentro algo empieza a incomodar. Una sensación difusa, difícil de explicar, pero imposible de ignorar.

Las apariencias engañan, especialmente cuando se trata de bienestar, propósito y equilibrio personal. Y este es un punto de quiebre silencioso para muchos profesionales y líderes a partir de los 40.

Cuando “todo está bien”, pero algo no cierra

En conversaciones privadas aparece siempre el mismo patrón:
“No me falta nada, pero no me siento pleno.”
“No sé qué me pasa, pero ya no disfruto como antes.”
“Cumplí lo que se esperaba de mí… ¿y ahora qué?”

El costo invisible de sostener una imagen

Durante años aprendemos a sostener un rol: el del profesional competente, el referente, el que puede con todo. Esa imagen trae logros, pero también una carga silenciosa: no mostrar dudas, no pedir ayuda, no frenar.

Aquí es donde las apariencias engañan con más fuerza. Porque mientras el entorno valida el éxito, la persona empieza a desconectarse de sí misma.

El cansancio no siempre es físico

No siempre se trata de estrés o burnout clásico. Muchas veces es un agotamiento existencial: hacer, decidir y producir sin un “para qué” claro.

Señales frecuentes que suelen minimizarse

  • Falta de motivación sin una causa concreta
  • Irritabilidad o apatía en espacios antes disfrutables
  • Sensación de estar “funcionando en automático”
  • Dificultad para imaginar la próxima etapa de vida

Nada de esto suele aparecer en LinkedIn o en una reunión de directorio. Por eso, las apariencias engañan.

El nido vacío, el edadismo y la pregunta que incomoda

A partir de cierta etapa, aparecen nuevas preguntas:
¿Qué hago con el tiempo que se libera?
¿Sigo siendo relevante?
¿Esto es todo?

No es una crisis, es una transición

Aunque muchas personas lo viven como una crisis, en realidad es una transición natural. El problema no es lo que cambia, sino intentar atravesarlo con las mismas respuestas de antes.

Aquí es donde muchos se quedan atrapados: sosteniendo una versión pasada de sí mismos, por miedo a perder identidad, estatus o seguridad.

Reconciliar éxito externo con coherencia interna

El verdadero equilibrio no se trata de trabajar menos o renunciar a todo. Se trata de alinear lo que haces con lo que hoy eres.

Un enfoque diferente para una nueva etapa

Desde el Método Perennial, este proceso se apoya en cuatro pilares claros:

  • Un trabajo profundo sobre tus talentos naturales y tu propósito
  • Coaching de vida y ejecutivo para integrar cambio y estabilidad
  • Mentoría estratégica para convertir claridad en decisiones
  • Un método medido, con hitos y métricas que acompañan el avance

No se trata de empezar de cero, sino de reordenar con conciencia.

Elegir mirarte con honestidad

El mayor acto de liderazgo personal es animarte a mirar más allá de la imagen que sostienes. Reconocer que algo cambió no te debilita; te vuelve más lúcido.

Porque cuando te das permiso para revisar el rumbo, descubres que el problema nunca fue el éxito… sino vivir desconectado de tu propia evolución.

Una invitación final

Si algo de esto resuena, no lo apures ni lo ignores. Las transiciones importantes no se resuelven en soledad ni con recetas genéricas.

El momento perfecto para comenzar tu transformación no es cuando se dan todas las condiciones, sino cuando decides dar el primer paso.

Quien siembra vientos, recoge tempestades

Hay frases que parecen simples consejos populares… hasta que un día dejan de sonar graciosas y empiezan a doler.
“Quien siembra vientos, recoge tempestades” es una de ellas.

No porque sea dura.
Sino porque es precisa.

Con el paso de los años, cuando la carrera ya no se mide solo en logros sino en desgaste, empiezas a notar algo incómodo: muchas de las tempestades que hoy enfrentas no llegaron de golpe.
Se gestaron en silencio.
Durante años.

En decisiones que postergaste.
En conversaciones que evitaste.
En límites que no pusiste para “no complicar las cosas”.

A esta altura de la vida, ya sabes que los problemas verdaderamente complejos no aparecen de un día para otro.
Se incuban lentamente, como una humedad que nadie quiere ver hasta que el techo empieza a caerse.

Cada vez que callaste cuando algo no estaba bien, sembraste viento.
Cada vez que priorizaste resultados sacrificando tu coherencia, sembraste viento.
Cada vez que sostuviste situaciones que te incomodaban por miedo a perder estabilidad, sembraste viento.

Y no lo hiciste por maldad.
Lo hiciste para sobrevivir.
Para cuidar lo construido.
Para no “romper” lo que tanto costó levantar.

El problema es que el viento no desaparece solo.

Con el tiempo, ese viento se transforma en clima interno.
Un clima pesado.
Cansancio que no se va con vacaciones.
Equipos que funcionan, pero no confían.
Éxitos que ya no se disfrutan.
Una sensación persistente de estar siempre reaccionando, nunca eligiendo.

Muchos líderes llegan a este punto preguntándose en silencio:
“¿En qué momento se volvió tan difícil?”
“¿Por qué ya no siento satisfacción?”
“¿Por qué todo pesa más que antes?”

La respuesta suele doler: porque la tempestad que hoy enfrentas probablemente empezó con pequeños vientos hace años.

Después de los 40, la experiencia te regala algo valioso y a la vez incómodo: lucidez.
Empiezas a ver con claridad lo que antes podías justificar.
Comprendes que liderar no es solo hacer que las cosas funcionen, sino hacerse cargo del impacto de tus decisiones… incluso de las que no tomaste.

Y aquí aparece una pregunta que no todos se animan a formularse:
¿qué estás sembrando hoy?

No lo que dices que valoras.
No lo que figura en los discursos.
Sino lo que toleras, lo que evitas, lo que decides mirar hacia otro lado.

Desde el Método Perennial, trabajamos exactamente en ese punto sensible del liderazgo maduro.
No para revisar el pasado con culpa, sino para recuperar poder personal y dirección.

Porque aún estás a tiempo de sembrar distinto.

Cuando alineas tus talentos naturales con tu propósito, recuperas energía.
Cuando trabajas tu mundo emocional, dejas de liderar desde el miedo.
Cuando tomas decisiones con acompañamiento estratégico, el viento deja de empujarte y empieza a impulsarte.
Y cuando todo eso se sostiene en un método claro, el cambio deja de ser un deseo y se vuelve proceso.

La buena noticia es esta:
si el viento se siembra… también se puede sembrar calma.
Claridad.
Conversaciones honestas.
Límites sanos.
Decisiones que te devuelven paz interior.

El clima de tu vida y tu liderazgo no se define mañana.
Se está construyendo hoy.
En lo pequeño.
En lo incómodo.
En aquello que decides enfrentar en lugar de seguir cargando.

Si esta nota te habló directo al estómago —a ese lugar donde sabes que algo no está bien aunque no siempre puedas explicarlo—, no lo ignores.

Te invito a escribirme en privado.
No para venderte nada.
Para conversar.
Para poner palabras a lo que vienes sosteniendo solo desde hace demasiado tiempo.

A veces, una conversación honesta es el primer acto consciente para dejar de sembrar vientos… y empezar a construir un clima donde volver a respirar.

Porque el momento perfecto no es cuando todo se calma.
Es cuando decides sembrar distinto.

A esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta (y el costo silencioso de creerlo)

“A esta edad ya deberías tener todo resuelto”. 

No siempre lo dicen en voz alta. 

Pero está ahí. 

En reuniones, en silencios incómodos, en comparaciones invisibles, en esa sensación persistente de que algo no encaja… aunque desde afuera todo “esté bien”. 

Este mandato no aparece de golpe. Se filtra con los años. Se instala como una verdad incuestionable justo cuando más experiencia tienes, cuando más criterio has desarrollado y cuando, paradójicamente, más dudas profundas comienzan a emerger. 

Y es ahí donde muchos líderes, profesionales y personas valiosas empiezan a sentirse fuera de lugar en su propia vida. 

Las frases de la abuela siempre regresan cuando más las necesitamos. Y aunque ella nunca habló de carreras profesionales ni de liderazgo ejecutivo, entendía algo esencial: los procesos importantes no se fuerzan, se comprenden. 

El problema no es la edad. 

El problema es cómo interpretamos esta etapa. 

Porque después de los 40 o 50 no estás en declive. 

Estás en integración

Sin embargo, cuando crees que a esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta, cualquier duda se vive como un fracaso personal. No como una señal de evolución, sino como una amenaza a tu identidad. 

He acompañado a muchas personas brillantes que atraviesan este punto exacto. Por fuera sostienen. Por dentro se preguntan en silencio: 

“¿Esto es todo?” 

“¿Voy a terminar así?” 

“¿Tiene sentido seguir empujando en la misma dirección?” 

Y lo más doloroso no es la duda. 

Es la culpa que la acompaña. 

Culpa por no sentirse agradecido. 

Culpa por querer algo distinto. 

Culpa por cuestionar lo que otros consideran éxito. 

Lo sé porque también lo he transitado en primera persona. Durante años sentí que debía “aguantar un poco más”, que cambiar implicaba tirar por la borda todo lo construido. Hasta que entendí que no se trata de empezar de cero, sino de reordenar lo que ya eres

Aquí es donde el relato cambia. 

El liderazgo maduro no consiste en tener todas las respuestas, sino en hacerse mejores preguntas. Y una de las más importantes es esta: 

¿Estoy viviendo desde la inercia o desde la elección consciente? 

Cuando trabajamos desde el Método Perennial, no empujamos cambios impulsivos ni decisiones vacías de sentido. Integramos cuatro dimensiones que suelen estar fragmentadas: 

– Un trabajo profundo sobre tus talentos naturales y tu propósito, para entender qué te da energía y qué te la quita. 

– Coaching de vida y ejecutivo, para procesar el momento vital que estás atravesando, no solo el profesional. 

– Mentoría estratégica, para traducir claridad interna en decisiones concretas. 

– Un método medido y comprobado, con estructura, hitos y acompañamiento real. 

No se trata de huir de tu historia. 

Se trata de honrarla y redirigirla

Porque cuando aceptas que a esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta es una idea heredada —no una verdad absoluta— aparece algo liberador: la posibilidad de diseñar una nueva etapa con más libertad, coherencia y sentido. 

Tal vez hoy te reconozcas en alguna de estas situaciones: 

▪ Cumples objetivos, pero te sientes vacío. 

▪ Tienes experiencia, pero no entusiasmo. 

▪ Eres referente para otros, pero estás desconectado de ti. 

▪ Sabes que algo debe cambiar, pero no sabes por dónde empezar. 

Este no es un punto final. 

Es un punto de inflexión. 

Las frases de la abuela no prometían atajos. Prometían sabiduría. Y esta etapa de tu vida tampoco pide velocidad: pide honestidad

La integración no es cómoda. Pero es profundamente transformadora. 

Si esta nota te incomodó, es buena señal. Si sentiste que te hablaba a ti, aún mejor. Porque cuando dejas de repetir que a esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta, comienzas a construir una versión más auténtica de tu vida. 

Si quieres conversar sobre este momento —sin juicio, sin presión, en total privacidad— puedes escribirme. 

No tienes que atravesar este proceso solo. 

El momento perfecto para comenzar tu transformación no es cuando se dan todas las condiciones, sino cuando decides dar el primer paso.

Quien tiene un amigo tiene un tesoro

Hay frases de la abuela que parecen simples… hasta que un día te atraviesan. 

“Quien tiene un amigo tiene un tesoro”. 

Y de pronto, ya no suenan tiernas. 
Suenan incómodas. 

Porque llegados a cierta etapa de la vida —cuando llevas años liderando, decidiendo, sosteniendo— esa frase no habla de cantidad, ni de reuniones sociales, ni de agendas llenas. Habla de algo mucho más crudo: la soledad silenciosa del adulto competente

Tal vez te pase esto. 

Tienes gente alrededor. 
Contactos. Equipos. Colegas. Responsabilidades. 
Personas que te escuchan… pero hace tiempo que no te sientes acompañado

Y eso duele más de lo que solemos admitir. 

A los 40, 50 o más, la vida empieza a filtrar. 
Ya no buscas amistades para llenar tiempo, sino vínculos donde puedas bajar la guardia. Donde no tengas que demostrar nada. Donde puedas decir: “No sé”, “estoy cansado”, “me siento perdido” sin miedo a perder valor. 

El problema es que muchos líderes han aprendido exactamente lo contrario: 
a ser fuertes, autosuficientes, resolutivos. 
Y sin darse cuenta, también aprendieron a cerrarse

He visto esto muchas veces. Y sí, también lo he vivido. 

Ese momento en el que te das cuenta de que sabes acompañar a otros, aconsejar, contener… pero no sabes cuándo fue la última vez que alguien hizo eso por ti. 
No porque no lo merezcas, sino porque dejaste de pedirlo

Porque el rol pesa. 
Porque el hábito se instala. 
Porque crees que ya deberías tener todo claro. 

Y ahí es donde la frase de la abuela vuelve, con una verdad incómoda: 
no se refería solo a la amistad social. 
Hablaba de tener a alguien que te vea cuando tú ya no te ves

Un amigo es quien puede decirte la verdad sin aplastarte. 
Quien no se impresiona con tu cargo. 
Quien no necesita que estés bien para quedarse. 

Y cuando ese amigo falta, el vacío no se nota de golpe. 
Se nota en el cuerpo. 
En el cansancio. 
En la sensación de estar “funcionando” pero no viviendo del todo. 

Muchos profesionales llegan a esta etapa pensando que necesitan un nuevo objetivo, un cambio de carrera o más reconocimiento. 
Y a veces lo que realmente necesitan es reconectar con vínculos auténticos, empezando por uno mismo. 

Desde el Método Perennial trabajamos mucho este punto, aunque no siempre se diga en voz alta. 
Porque el crecimiento no es solo estratégico. Es profundamente relacional. 

Claridad sin vínculo se vuelve fría. 
Éxito sin conexión se vuelve pesado. 
Propósito sin compañía se vuelve solitario. 

Por eso, parte del proceso es revisar algo clave: 
¿desde dónde estás sosteniendo tu vida hoy? 
¿Desde la autosuficiencia… o desde la posibilidad real de apoyarte? 

No se trata de buscar “más gente”. 
Se trata de mejores conversaciones
De espacios donde puedas ser humano antes que rol. 
Persona antes que etiqueta. 

Tal vez esta nota te incomode un poco. 
Tal vez te deje pensando en alguien. 
O en nadie. 

Si es así, no la descartes rápido. 
Las frases de la abuela nunca llegan por casualidad. 

👉 Si hoy sientes que lo que te pesa no es la falta de capacidad, sino la falta de compañía real en esta etapa de tu vida, escríbeme. 
Conversemos en privado. A veces, el primer tesoro es animarse a no atravesar todo solo. 

Y si esta nota te tocó, compártela. 
Puede ser el puente que otro necesita… y todavía no sabe cómo cruzar. 

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