Hay frases que parecen simples consejos populares… hasta que un día dejan de sonar graciosas y empiezan a doler.
“Quien siembra vientos, recoge tempestades” es una de ellas.
No porque sea dura.
Sino porque es precisa.
Con el paso de los años, cuando la carrera ya no se mide solo en logros sino en desgaste, empiezas a notar algo incómodo: muchas de las tempestades que hoy enfrentas no llegaron de golpe.
Se gestaron en silencio.
Durante años.
En decisiones que postergaste.
En conversaciones que evitaste.
En límites que no pusiste para “no complicar las cosas”.
A esta altura de la vida, ya sabes que los problemas verdaderamente complejos no aparecen de un día para otro.
Se incuban lentamente, como una humedad que nadie quiere ver hasta que el techo empieza a caerse.
Cada vez que callaste cuando algo no estaba bien, sembraste viento.
Cada vez que priorizaste resultados sacrificando tu coherencia, sembraste viento.
Cada vez que sostuviste situaciones que te incomodaban por miedo a perder estabilidad, sembraste viento.
Y no lo hiciste por maldad.
Lo hiciste para sobrevivir.
Para cuidar lo construido.
Para no “romper” lo que tanto costó levantar.
El problema es que el viento no desaparece solo.
Con el tiempo, ese viento se transforma en clima interno.
Un clima pesado.
Cansancio que no se va con vacaciones.
Equipos que funcionan, pero no confían.
Éxitos que ya no se disfrutan.
Una sensación persistente de estar siempre reaccionando, nunca eligiendo.
Muchos líderes llegan a este punto preguntándose en silencio:
“¿En qué momento se volvió tan difícil?”
“¿Por qué ya no siento satisfacción?”
“¿Por qué todo pesa más que antes?”
La respuesta suele doler: porque la tempestad que hoy enfrentas probablemente empezó con pequeños vientos hace años.
Después de los 40, la experiencia te regala algo valioso y a la vez incómodo: lucidez.
Empiezas a ver con claridad lo que antes podías justificar.
Comprendes que liderar no es solo hacer que las cosas funcionen, sino hacerse cargo del impacto de tus decisiones… incluso de las que no tomaste.
Y aquí aparece una pregunta que no todos se animan a formularse:
¿qué estás sembrando hoy?
No lo que dices que valoras.
No lo que figura en los discursos.
Sino lo que toleras, lo que evitas, lo que decides mirar hacia otro lado.
Desde el Método Perennial, trabajamos exactamente en ese punto sensible del liderazgo maduro.
No para revisar el pasado con culpa, sino para recuperar poder personal y dirección.
Porque aún estás a tiempo de sembrar distinto.
Cuando alineas tus talentos naturales con tu propósito, recuperas energía.
Cuando trabajas tu mundo emocional, dejas de liderar desde el miedo.
Cuando tomas decisiones con acompañamiento estratégico, el viento deja de empujarte y empieza a impulsarte.
Y cuando todo eso se sostiene en un método claro, el cambio deja de ser un deseo y se vuelve proceso.
La buena noticia es esta:
si el viento se siembra… también se puede sembrar calma.
Claridad.
Conversaciones honestas.
Límites sanos.
Decisiones que te devuelven paz interior.
El clima de tu vida y tu liderazgo no se define mañana.
Se está construyendo hoy.
En lo pequeño.
En lo incómodo.
En aquello que decides enfrentar en lugar de seguir cargando.
Si esta nota te habló directo al estómago —a ese lugar donde sabes que algo no está bien aunque no siempre puedas explicarlo—, no lo ignores.
Te invito a escribirme en privado.
No para venderte nada.
Para conversar.
Para poner palabras a lo que vienes sosteniendo solo desde hace demasiado tiempo.
A veces, una conversación honesta es el primer acto consciente para dejar de sembrar vientos… y empezar a construir un clima donde volver a respirar.
Porque el momento perfecto no es cuando todo se calma.
Es cuando decides sembrar distinto.
