“A esta edad ya deberías tener todo resuelto”.
No siempre lo dicen en voz alta.
Pero está ahí.
En reuniones, en silencios incómodos, en comparaciones invisibles, en esa sensación persistente de que algo no encaja… aunque desde afuera todo “esté bien”.
Este mandato no aparece de golpe. Se filtra con los años. Se instala como una verdad incuestionable justo cuando más experiencia tienes, cuando más criterio has desarrollado y cuando, paradójicamente, más dudas profundas comienzan a emerger.
Y es ahí donde muchos líderes, profesionales y personas valiosas empiezan a sentirse fuera de lugar en su propia vida.
Las frases de la abuela siempre regresan cuando más las necesitamos. Y aunque ella nunca habló de carreras profesionales ni de liderazgo ejecutivo, entendía algo esencial: los procesos importantes no se fuerzan, se comprenden.
El problema no es la edad.
El problema es cómo interpretamos esta etapa.
Porque después de los 40 o 50 no estás en declive.
Estás en integración.
Sin embargo, cuando crees que a esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta, cualquier duda se vive como un fracaso personal. No como una señal de evolución, sino como una amenaza a tu identidad.
He acompañado a muchas personas brillantes que atraviesan este punto exacto. Por fuera sostienen. Por dentro se preguntan en silencio:
“¿Esto es todo?”
“¿Voy a terminar así?”
“¿Tiene sentido seguir empujando en la misma dirección?”
Y lo más doloroso no es la duda.
Es la culpa que la acompaña.
Culpa por no sentirse agradecido.
Culpa por querer algo distinto.
Culpa por cuestionar lo que otros consideran éxito.
Lo sé porque también lo he transitado en primera persona. Durante años sentí que debía “aguantar un poco más”, que cambiar implicaba tirar por la borda todo lo construido. Hasta que entendí que no se trata de empezar de cero, sino de reordenar lo que ya eres.
Aquí es donde el relato cambia.
El liderazgo maduro no consiste en tener todas las respuestas, sino en hacerse mejores preguntas. Y una de las más importantes es esta:
¿Estoy viviendo desde la inercia o desde la elección consciente?
Cuando trabajamos desde el Método Perennial, no empujamos cambios impulsivos ni decisiones vacías de sentido. Integramos cuatro dimensiones que suelen estar fragmentadas:
– Un trabajo profundo sobre tus talentos naturales y tu propósito, para entender qué te da energía y qué te la quita.
– Coaching de vida y ejecutivo, para procesar el momento vital que estás atravesando, no solo el profesional.
– Mentoría estratégica, para traducir claridad interna en decisiones concretas.
– Un método medido y comprobado, con estructura, hitos y acompañamiento real.
No se trata de huir de tu historia.
Se trata de honrarla y redirigirla.
Porque cuando aceptas que a esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta es una idea heredada —no una verdad absoluta— aparece algo liberador: la posibilidad de diseñar una nueva etapa con más libertad, coherencia y sentido.
Tal vez hoy te reconozcas en alguna de estas situaciones:
▪ Cumples objetivos, pero te sientes vacío.
▪ Tienes experiencia, pero no entusiasmo.
▪ Eres referente para otros, pero estás desconectado de ti.
▪ Sabes que algo debe cambiar, pero no sabes por dónde empezar.
Este no es un punto final.
Es un punto de inflexión.
Las frases de la abuela no prometían atajos. Prometían sabiduría. Y esta etapa de tu vida tampoco pide velocidad: pide honestidad.
La integración no es cómoda. Pero es profundamente transformadora.
Si esta nota te incomodó, es buena señal. Si sentiste que te hablaba a ti, aún mejor. Porque cuando dejas de repetir que a esta edad ya deberías tener tu carrera resuelta, comienzas a construir una versión más auténtica de tu vida.
Si quieres conversar sobre este momento —sin juicio, sin presión, en total privacidad— puedes escribirme.
No tienes que atravesar este proceso solo.
El momento perfecto para comenzar tu transformación no es cuando se dan todas las condiciones, sino cuando decides dar el primer paso.
